
En la madrugada del sábado, un misil alcanzó un petrolero de ADNOC que transitaba por el estrecho de Ormuz. Nadie resultó herido y la compañía aseguró que la situación estaba bajo control. Según los estándares de esta guerra, no ocurrió nada. Léase en clave política: ocurrió todo.
ADNOC no es una compañía petrolera cualquiera. Es la compañía petrolera nacional de Abu Dabi: la tesorería del Estado, su bandera y su rostro industrial. Un misil contra un buque de ADNOC es un misil contra el propio Abu Dabi, y el momento fue preciso: el sábado era el mismo día en que Irán eligió presentar a Washington sus condiciones de amplio alcance para la reapertura del estrecho.
La respuesta de los EAU fue inmediata e inusualmente contundente. El Ministerio de Exteriores calificó el ataque de acto hostil de Irán y afirmó que vulneraba una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que protege la libertad de navegación. Acusó a los Guardianes de la Revolución de Irán de actos de piratería, al señalar que habían atacado el transporte marítimo comercial y habían convertido la vía navegable en un instrumento de presión económica y chantaje. Exigió que Teherán pusiera fin a los ataques y abriera la vía por completo y sin condiciones. Los gobiernos del Golfo y los árabes se alinearon con la condena. La compañía no dio detalles sobre el buque, su carga ni los daños.
El contexto deja claro el mensaje. El estrecho ha sido la principal arteria de presión en la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán desde que estalló el 28 de febrero. Alrededor del 20 por ciento de la producción mundial de petróleo y GNL solía transitar por la vía; ahora el tráfico por ella se ha reducido a un goteo. Los Guardianes ya habían advertido de que actuarían contra cualquier buque vinculado a los adversarios de Teherán o que no siguiera las directivas iraníes. El misil del sábado fue la advertencia hecha realidad, dirigido contra la compañía insignia del único Estado del Golfo que había construido toda su estrategia sobre mantenerse al margen del combate.
La secuencia importa tanto como el ataque. Teherán dispara contra el buque del Estado que acoge la diplomacia de la región y, horas después, anuncia las condiciones bajo las cuales la vía podría reabrirse. Los dos mensajes son uno solo: Irán es dueño del estrecho y el precio de usarlo se fija en Teherán. La exigencia de reapertura incondicional que llegó de Abu Dabi es, bajo esa luz, una exigencia que Irán no tiene razones para conceder.
Los EAU pasaron esta guerra siendo amigos de todos. Mantuvieron sus puertos abiertos y su diplomacia en marcha, preservaron su relación con Washington y conservaron canales abiertos con las demás capitales de la región, incluidas aquellas con las que Teherán habla. Es el intermediario indispensable del Golfo, el lugar donde se negocian los acuerdos y se transmiten los mensajes. La neutralidad era la estrategia. El misil es la factura por ello. Irán ha decidido que los Estados ribereños del estrecho no pueden permanecer al margen de la guerra mientras sus barcos transitan por él, y ha elegido el objetivo más visible disponible para demostrarlo.
Los EAU no pueden responder con la fuerza. No tienen una armada a la altura de los Guardianes y saben que una respuesta militar es exactamente lo que Teherán quiere: la prueba de que la guerra se ha extendido a los propios Estados del Golfo. Así que Abu Dabi condenó, el Golfo condenó con él y la región dio un paso colectivo hacia un bando que llevaba meses negándose a elegir. Cada paso de este tipo agranda la guerra y estrecha el terreno neutral.
El petrolero está bien, la tripulación está a salvo y la política está herida. Irán lanzó un misil calibrado para golpear una reputación antes que un casco. La pregunta ahora es qué hará Abu Dabi con la prueba de que su neutralidad tiene un precio, porque Teherán acaba de fijarlo en público, ante todo el Golfo.
Traducido por Alessandra

