El efecto olla a presión: el estrés y el mal sueño aumentan las probabilidades de alimentación emocional en estudiantes universitarios

El estrés y el mal sueño fueron los predictores independientes más fuertes de la alimentación emocional en un estudio nacional con 1.297 estudiantes universitarios griegos, por delante del sexo, el tabaquismo, la actividad física y el estado ponderal. Los hallazgos tratan la alimentación emocional como un patrón de salud medible con impulsores identificables, y los impulsores no son los que suelen atacar las campañas dietéticas.

El comportamiento en cuestión. La alimentación emocional consiste en recurrir a la comida cuando las emociones están revueltas y no cuando el cuerpo necesita realmente combustible. La comida elegida rara vez es una zanahoria. Dominan las opciones dulces, grasas y densas en calorías, porque ofrecen un consuelo rápido: activan las vías de recompensa y, mediante mecanismos impulsados por el cortisol ligados a la respuesta al estrés, acallan brevemente la emoción negativa. El alivio es breve. Con el tiempo, el patrón se asocia con aumento de peso, adiposidad abdominal, peor calidad de la dieta, alteraciones metabólicas y mayor riesgo de trastornos alimentarios, además de síntomas crecientes de ansiedad y depresión.

Por qué los estudiantes son una olla a presión. La educación superior es un cuello de botella del desarrollo. Los adultos jóvenes abandonan las rutinas domésticas estructuradas y ganan una autonomía casi total sobre qué y cuándo comer, a menudo sin presupuesto, sin tiempo y sin habilidades de cocina. La carga académica, las preocupaciones por el empleo, los límites económicos y el esfuerzo de la integración social se suman a ello, y producen una población con estrés crónicamente elevado y sueño crónicamente deficiente.

El estudio. El equipo reclutó a 1.297 estudiantes de entre 18 y 24 años (edad media de 20,5) en diez regiones de Grecia, desde Atenas y Tesalónica hasta las islas del Egeo, entre marzo de 2021 y octubre de 2024. La tasa de respuesta fue del 80,5 %. El reclutamiento fue voluntario y se realizó mediante contacto presencial y anuncios de los departamentos, sin ofrecer incentivos; se excluyó a los estudiantes con enfermedades médicas o psiquiátricas crónicas. Cada uno de los tres niveles de alimentación emocional acabó reuniendo a unos 432 estudiantes.

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Cómo funcionaron las mediciones. El estrés se midió con la ampliamente utilizada Escala de Estrés Percibido (PSS) de 10 ítems, que puntúa el mes anterior en una escala de 0 a 40, con puntos de corte de 0 a 13 para estrés bajo, de 14 a 26 para moderado y de 27 a 40 para alto. El sueño se puntuó con el PSQI, el índice de calidad del sueño de Pittsburgh, un cuestionario de 19 ítems cuya puntuación global va de 0 a 21; por debajo de 5 se considera adecuado, y de 5 en adelante, inadecuado. La alimentación emocional se capturó mediante los tres ítems de origen emocional del Cuestionario Revisado de Conducta Alimentaria de Tres Factores, convertidos a una escala de 0 a 100 y divididos en terciles etiquetados como bajo, moderado y alto. Ambos instrumentos funcionaron bien en esta muestra, con un alfa de Cronbach de 0,85 para la PSS y de 0,84 para el PSQI. Como el desenlace era ordinal y no binario, el análisis utilizó regresión logística ordinal, y una prueba del supuesto de probabilidades proporcionales confirmó que el modelo era válido (p = 0,46).

Los hallazgos. El estrés mostró una clara relación dosis-respuesta con la alimentación emocional. Los estudiantes muy estresados tenían casi el triple de probabilidades de situarse en un nivel superior de alimentación emocional que sus compañeros con bajo estrés (odds ratio 2,86, intervalo de confianza del 95 % de 1,68 a 4,85, p = 0,0001), y los moderadamente estresados, aproximadamente el doble (odds ratio 2,01, intervalo de confianza de 1,41 a 2,87, p = 0,0001). El mal sueño resultó igual de potente: los estudiantes que duermen mal tenían el triple de probabilidades de una mayor alimentación emocional en comparación con los que duermen adecuadamente (odds ratio 3,08, intervalo de confianza de 1,75 a 5,42, p = 0,0001). Ambas asociaciones sobrevivieron al ajuste simultáneo por una amplia batería de variables sociodemográficas, académicas, de estilo de vida y de composición corporal.

Los demás predictores significativos eran conocidos, pero más débiles: sexo femenino (OR = 1,43), residencia rural (OR = 1,53), tabaquismo (OR = 1,68), actividad física baja frente a alta (OR = 2,12), sobrepeso (OR = 1,95) y obesidad (OR = 2,10). El estrés y el sueño superaron a casi todos ellos. Según el enfoque del estudio, los procesos psicológicos y de regulación conductual podrían estar más cerca del centro de la alimentación emocional que los factores demográficos o de composición corporal.

Los resultados superaron las comprobaciones de robustez. El equipo repitió el análisis con puntuaciones continuas. La alimentación emocional se correlacionó con el estrés percibido (rho de Spearman = 0,46) y con la calidad del sueño (rho = 0,41), y un modelo de regresión lineal explicó aproximadamente el 38 % de la varianza de la alimentación emocional, manteniéndose el estrés y el sueño como predictores independientes.

Dos palancas, un mismo desenlace. El estrés y el sueño están profundamente entrelazados, y ambas puntuaciones se correlacionaron entre sí (rho = 0,43). Aun así, ambos conservaron una significación independiente en el mismo modelo, lo que implica vías parcialmente distintas. Se cree que el estrés actúa a través del eje HPA, el cortisol y el afrontamiento centrado en la emoción; el mal sueño podría actuar mediante hormonas reguladoras del apetito como la leptina y la grelina, la alteración de la función ejecutiva, el debilitamiento del control inhibitorio y una mayor reactividad a las señales alimentarias. Los estudiantes que soportan ambas cargas parecen especialmente vulnerables, por lo que el estudio concluye que se necesitan intervenciones que combinen el manejo del estrés con la higiene del sueño, y no solo educación dietética.

Salvedades. El estudio es transversal, por lo que no puede establecer causalidad ni orden temporal; la alimentación emocional puede intensificar el estrés y alterar el sueño tanto como lo contrario. Todas las mediciones fueron autoinformadas y vulnerables al sesgo de recuerdo y de deseabilidad social. El reclutamiento no se basó en probabilidades, por lo que no puede descartarse la autoselección, y no puede suponerse que la muestra sea representativa de todos los estudiantes universitarios griegos, y mucho menos de los estudiantes de otros lugares. No pudo descartarse por completo la influencia de factores de confusión no medidos, como el cronotipo, el apoyo social, la personalidad y la ingesta dietética. El estudio también reconoce que el subgrupo no griego era pequeño y heterogéneo, lo que hace provisional el hallazgo sobre la nacionalidad.

La conclusión. La alimentación emocional no es un fracaso de la disciplina; es un problema de estrés y sueño disfrazado de comida. Las palancas más potentes que identifica este estudio, la reducción del estrés y la mejora del sueño, son también aquellas en las que menos invierten la mayoría de los programas de salud de los campus. Los estudios longitudinales y de intervención son el siguiente paso, pero la señal procedente de 1.297 estudiantes es clara: arregla la presión, y la visita a la cocina a medianoche puede perder su fuerza.

Traducido por Alessandra

Source

Alexatou O, Papadopoulou SK, Angelakou EP, Migdanis A, Mentzelou M, Migdanis I, Louka A, Serdari A, Giaginis C. Associations of Emotional Eating with Perceived Stress and Sleep Quality Among University Students: A Nationwide Cross-Sectional Study. Nutrients. 2026;18(15):2434. doi:10.3390/nu18152434. PMID 42588057.

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