Protesta según el manual: la respuesta medida de Japón a la visita de Putin a la isla

La protesta llegó en el orden habitual. Primero, el comunicado del primer ministro, redactado con cuidado y entregado a la prensa por la tarde. Después, la convocatoria del ministro de Asuntos Exteriores, y el embajador ruso de pie en un despacho del ministerio en Tokio mientras le explicaban lo que había hecho su presidente. La respuesta de Japón a la primera visita de Vladímir Putin a la disputada isla de Etorofu fue una protesta según el manual, porque el manual es la única herramienta que le queda a Tokio.

La visita de Putin del jueves fue anunciada por los medios estatales rusos y confirmada por Moscú. Le mostraron una planta procesadora de pescado, un hospital y una escuela en la isla, y se reunió con el gobernador de la región de Sajalín, sede administrativa del territorio en disputa. El Gobierno de Japón todavía estaba confirmando los hechos cuando la primera ministra, Sanae Takaichi, se puso ante las cámaras.

Su comunicado hizo lo que los comunicados japoneses sobre los Territorios del Norte hacen siempre: dejar constancia exacta de la posición. Describía las islas como territorio inherente de Japón a la luz de los hechos históricos y con arreglo al derecho internacional, calificaba la visita de un presidente ruso en ejercicio de incompatible con la posición constante del Gobierno de Japón y de absolutamente inaceptable, y afirmaba que había herido el sentimiento público en Japón. Y luego venía la frase que importaba: la visita había endurecido aún más el sentimiento público hacia Rusia y había hecho más difícil restablecer las relaciones entre Japón y Rusia a medio y largo plazo.

Esa última frase es la verdadera noticia. Los gobiernos japoneses llevan décadas diciendo que la disputa territorial, aunque sin resolver, no debería envenenar todo lo demás. La relación se gestionaría: sanciones donde hiciera falta, diálogo donde fuera posible y una espera paciente del día en que Rusia pudiera suavizar su postura. Las palabras de Takaichi sugieren que esa paciencia tiene un precio, y Putin está haciendo que Japón lo pague.

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Los mecanismos de la protesta se completaron ese mismo día. El ministro de Asuntos Exteriores, Toshimitsu Motegi, convocó al embajador ruso, Nikolái Nozdrev, y presentó una protesta formal. Motegi repitió la fórmula que Tokio usa siempre: las islas pertenecen a Japón tanto históricamente como según el derecho internacional, y el Gobierno protesta enérgicamente por la visita. Japón presentó la misma protesta en 2021, cuando Mijaíl Mishustin, entonces primer ministro, visitó la isla. Putin había prometido el viaje ya en enero de 2024. Tokio le había pedido, en repetidas ocasiones, que no lo hiciera. Fue de todos modos. La protesta estaba escrita con años de antelación.

Lo llamativo es lo que Japón sigue protegiendo. Takaichi se cuidó de mencionar el único canal que Tokio trata como sagrado: las visitas de las familias japonesas a las tumbas de sus antepasados en las islas. Lo calificó de cuestión humanitaria y dijo que Japón había mantenido abiertos los canales de diálogo precisamente por esa razón. Incluso el breve intercambio entre Motegi y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, en julio se presentó como prueba de que Tokio sigue hablando. Japón protesta por la visita y defiende el diálogo en la misma rueda de prensa. Esa es la cuerda floja por la que siempre ha caminado la política de los Territorios del Norte.

El problema es que la cuerda no está atada a nada del lado ruso. Rusia lleva años reforzando su presencia militar en las islas. Ha endurecido las restricciones a la navegación de los buques extranjeros en las aguas que las rodean. Su alineamiento con China se ha estrechado, y los buques de guerra chinos patrullan ahora los mismos estrechos. Las sanciones de Japón contra Rusia, impuestas tras la invasión de Ucrania de 2022, ya están en vigor y no han cambiado el comportamiento de Moscú. No queda ninguna palanca nueva que accionar. La convocatoria y el comunicado son la palanca, y funcionan por definición: dejan constancia de la posición para la historia, para el día en que la disputa pueda resolverse.

Putin, mientras tanto, obtuvo lo que quería: la foto de un presidente ruso a gusto en suelo que Japón reivindica, un recordatorio para el público nacional de que el extremo oriental del imperio está tranquilo mientras la guerra en el oeste se alarga, y una demostración de que las protestas de Tokio son un ritual que no cuesta nada a Rusia. La visita no iba de seguridad. El Kremlin dijo que Putin acudió para comprobar la seguridad de la frontera oriental de Rusia. Nada amenaza esa frontera, y menos que nada Japón, que ni siquiera consigue que su protesta escueza.

Japón sabe todo esto. Por eso el comunicado fue tan cuidadoso, la convocatoria tan inmediata y el tono tan resignado. La protesta según el manual es lo que hace un país cuando el manual es todo lo que tiene. El embajador volverá a su embajada, el comunicado se archivará, y en Etorofu nada habrá cambiado salvo la permanencia de la posesión, que es exactamente lo que Putin vino a reforzar.

Traducido por Alessandra

Fuentes: The Japan Times, Kantei (Oficina del Primer Ministro), The Moscow Times, Al Jazeera

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