Los relojes circadianos reconfiguran cómo el cerebro del ratón ve en la noche

Tus ojos no ven el mundo de la misma manera a medianoche que al mediodía, y tu cerebro tampoco. Una nueva preimpresión de investigadores de la Universidad de Mánchester muestra que el reloj circadiano interno del cerebro recablea activamente la forma en que el sistema visual se comunica consigo mismo, ajustando el código neuronal para el día y la noche. Publicado el 28 de julio en bioRxiv, el estudio ofrece la evidencia más clara hasta la fecha de que los ritmos circadianos no son procesos de fondo pasivos, sino escultores activos de la percepción momento a momento.

El hallazgo proviene de un lugar sorprendente: el núcleo geniculado lateral dorsal, o dLGN, una pequeña estación de relevo enterrada en lo profundo del tálamo. La mayoría de los diagramas de los libros de texto tratan el dLGN como un simple tablero de conmutación, un relevo pasivo que transporta señales de la retina a la corteza visual primaria sin añadir mucho de su parte. Los datos del equipo de Mánchester sugieren que esa imagen es incorrecta. Mediante electrofisiología inalámbrica en ratones despiertos y con libertad de movimiento, registraron la actividad neuronal directamente desde el dLGN a lo largo del ciclo circadiano completo y descubrieron algo que los libros de texto nunca predijeron: la tasa de disparo espontáneo del núcleo sube y baja según un programa diario preciso, alcanzando su punto máximo al final del día subjetivo, independientemente de si el animal está en luz u oscuridad.

Ese cambio en la actividad basal es importante porque el disparo espontáneo es el lienzo sobre el que se pintan las señales visuales. Cuando el lienzo mismo se ilumina u oscurece, la misma entrada visual puede producir una respuesta neuronal muy diferente. Y eso es exactamente lo que los investigadores observaron. Pero el efecto circadiano no es una simple perilla de volumen. Las propiedades fundamentales de sintonización de las neuronas del dLGN (su sensibilidad a la orientación, el contraste y la frecuencia espacial) se mantienen notablemente estables las 24 horas. Las neuronas siguen prefiriendo el mismo tipo de características visuales, ya sea de día o de noche. Lo que cambia no es a qué responden, sino con qué eficiencia lo codifican.

Aquí es donde entra en foco el segundo hallazgo importante del estudio. El equipo de Mánchester aplicó herramientas de la teoría de la información para cuantificar exactamente cuántos bits de información visual transportaba cada potencial de acción en diferentes fases circadianas. Descubrieron que el sistema circadiano reconfigura el código visual de una manera dependiente del contexto. En condiciones de alto contraste, como un paisaje soleado o una habitación bien iluminada, las neuronas del dLGN adoptaron una estrategia de codificación más eficiente durante la noche, empaquetando más información por pulso que durante el día. En condiciones de bajo contraste, como el crepúsculo o la sombra intensa, la ventaja de eficiencia desapareció.

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La implicación es elegante. El mundo visual que humanos y ratones navegan se ve muy diferente al amanecer que al mediodía. Las sombras son más profundas, los bordes más suaves, el contraste más bajo. Un sistema sensorial que trata todas las condiciones de iluminación de la misma manera está desperdiciando energía en el mejor de los casos y distorsionando el mundo en el peor. Lo que el dLGN parece hacer en cambio es ajustar su estrategia de codificación a las estadísticas de la escena visual, y el reloj circadiano proporciona el cronograma aproximado para ese ajuste. El cerebro no espera a que el nivel de luz cambie antes de ajustar su código. Anticipa el cambio, preparando el relevo visual para diferentes condiciones operativas antes de que el sol siquiera se ponga.

Para confirmar que el efecto era verdaderamente circadiano y no simplemente una respuesta a la exposición a la luz o la oscuridad, los investigadores realizaron un experimento de control crítico. Utilizaron optogenética para silenciar la transmisión retinogeniculada, cortando efectivamente la entrada de la retina al dLGN. Incluso con la entrada retiniana bloqueada, la modulación circadiana de la actividad espontánea persistió. El reloj que impulsa estos cambios es interno al tálamo, o al menos independiente del impulso visual entrante. Ese hallazgo empuja el locus del control circadiano más profundamente en el cerebro de lo que se apreciaba anteriormente y plantea la posibilidad de que existan mecanismos similares en otros relevos sensoriales.

Si se confirma, las implicaciones van más allá de la visión. El mismo tipo de reconfiguración circadiana podría operar en el tálamo auditivo, el tálamo somatosensorial y más allá. Cada sistema sensorial que pasa a través de un relevo talámico puede tener un ritmo diario incorporado que cambia la forma en que codifica el mundo. Eso significaría que el reloj interno del cerebro no solo gobierna los ciclos de sueño-vigilia, la liberación de hormonas y el metabolismo. También moldea activamente la percepción misma, determinando no solo si estás lo suficientemente alerta para ver, sino cómo tu sistema visual procesa realmente lo que tienes delante.

El estudio es una preimpresión, lo que significa que aún no ha pasado por revisión por pares, y los hallazgos provienen de ratones, no de humanos. El sistema visual del ratón difiere del humano en aspectos importantes: los ratones tienen una agudeza visual mucho menor, visión de color limitada y un dLGN que está organizado de manera diferente al equivalente en primates. Si la misma reconfiguración circadiana ocurre en el tálamo humano sigue siendo una pregunta abierta, aunque la biología fundamental del reloj circadiano está altamente conservada en los mamíferos. El estudio también es parcialmente correlativo, y aunque el experimento optogenético proporciona una fuerte evidencia causal del origen circadiano de los cambios en la actividad espontánea, el mecanismo molecular que vincula los genes del reloj con la actividad neuronal en el dLGN aún no se ha identificado.

Aun así, este es el tipo de artículo que cambia la forma en que un campo piensa sobre una estructura que creía entender. Se suponía que el dLGN era una estación de relevo. Resulta que tiene su propio reloj, que late día y noche, reescribiendo silenciosamente el lenguaje en el que la visión le habla a la corteza.

Fuente: Pienaar A, Rodgers J, Storchi R, Allen AE. Circadian modulation of visual coding in the dorsal lateral geniculate nucleus. bioRxiv, 28 de julio de 2026. DOI: 10.64898/2026.07.24.740496. CC-BY 4.0. Financiado por el Wellcome Trust.

Traducido por Alessandra

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