
Cuando Donald Trump anunció en la cumbre de la OTAN en Ankara que levantaría las sanciones de la CAATSA contra Turquía y consideraría vender F-35 a Ankara, estaba haciendo más que reparar una relación con un aliado difícil. Estaba desmantelando la herramienta más efectiva que Washington tenía para mantener a los países alejados de las armas rusas.
La Ley «Countering America’s Adversaries Through Sanctions Act», CAATSA, aprobada con un abrumador apoyo bipartidista y promulgada por el propio Trump en 2017, creó un régimen de sanciones secundarias que permitía al presidente castigar a cualquier gobierno, empresa o individuo que realizara «transacciones significativas» con el sector de defensa ruso. La ley fue diseñada para imponer una elección tajante: comprar armas rusas o mantener estrechos vínculos de seguridad con Estados Unidos. No ambas.
La decisión de Trump de levantar las sanciones a Turquía y señalar su apertura a vender F-35 a un país que todavía opera el sistema de defensa aérea ruso S-400 les dice a todos los demás clientes de armas rusas que la elección ya no es tan tajante.
El problema indio
India es la mayor beneficiaria. Nueva Delhi nunca ha sido exenta formalmente de la CAATSA, pero tanto la primera administración Trump como la administración Biden optaron por no aplicarla contra India para preservar la alianza estratégica contra China. India recibió otro regimiento de S-400 el mes pasado y, tras los combates del año pasado con Pakistán, ordenó cinco nuevos regimientos de S-400 y profundizó las negociaciones para el caza ruso de quinta generación Su-57.
La impredecibilidad de Trump todavía preocupa a Nueva Delhi. Se ha acercado a Pakistán, impuso aranceles a las compras indias de petróleo ruso y no ocultó su enfoque transaccional hacia las alianzas. Pero el precedente de Turquía le da a India un argumento poderoso: si Turquía puede poseer S-400 y aun así obtener F-35, no existe barrera legal ni política para que India haga negocios con quien elija.
Asia toma nota
Indonesia canceló una compra planificada de 11 cazas Su-35 en 2020, citándose la preocupación por el castigo de la CAATSA como la razón principal. Yakarta ya había vivido un embargo de armas estadounidense antes, la administración Clinton suspendió todos los vínculos militares en 1999 por la violencia en Timor Oriental, y no estaba ansiosa por repetir la experiencia. La exención turca brinda cierta confianza, aunque las políticas de Washington pueden cambiar tan rápido como el estado de ánimo del presidente.
El ejército de Vietnam ha dependido de las armas soviéticas y rusas desde la Guerra Fría. Hanói ha trabajado para diversificar sus proveedores, en parte por preocupaciones relacionadas con la CAATSA. El año pasado, Vietnam y Moscú idearon un esquema de pago indirecto utilizando ganancias de empresas conjuntas de petróleo y gas para pagar contratos de defensa, manteniendo las transacciones fuera de la visibilidad occidental. El precedente turco debería brindar alivio en Hanói.
Malasia opera cazas Su-30 y otros sistemas rusos. Bangladés y Sri Lanka vuelan MiG-29, helicópteros Mi-17 y vehículos blindados. Todos ellos ahora tienen más confianza para continuar con sus negocios habituales con el Kremlin.
Los países que nunca se preocuparon
China absorbió las sanciones de la CAATSA de 2018 y profundizó su alianza estratégica con Moscú de todas formas. Corea del Norte y Myanmar operan completamente fuera del sistema. Laos sigue dependiendo en gran medida de plataformas de la era soviética sin intención de cambiar. Para estos países, la pregunta nunca fue si la CAATSA importaba, ya era irrelevante.
Lo que esto significa
Las exportaciones de armas rusas se han desplomado en los últimos años, mientras el Kremlin desvía la producción al campo de batalla en Ucrania y los drones ucranianos atacan fábricas dentro de Rusia. El enfoque permisivo de Trump no revierte esa tendencia. Pero elimina uno de los pocos obstáculos políticos restantes para futuras ventas de armas rusas en el Indo-Pacífico.
Derek Grossman, un exanalista de RAND que escribió el análisis de Foreign Policy, lo expresó claramente: «La CAATSA pretendía obligar a los países a elegir entre las armas rusas y vínculos de seguridad más estrechos con Estados Unidos. El cambio de postura de Trump sobre Turquía sugiere que esa elección ya no es tan tajante.»
Los gobiernos de toda Asia ahora leerán la CAATSA no como una regla fija sino como un instrumento de política, algo que un presidente puede activar o desactivar según con quién se reúna esa semana. Esa percepción, una vez establecida, es casi imposible de revertir. El instrumento más potente de Washington para limitar el alcance militar global de Rusia ha sido silenciosamente desarmado, y todos los compradores de armas en la región lo notaron.
Traducido por Alessandra

