El título que sobrevivió a la guerra: los estudiantes de Sudán siguen estudiando

La guerra de Sudán ha expulsado de sus hogares a más de catorce millones de personas, la mayor crisis de desplazamiento del mundo. Frente a esa catástrofe, un pequeño programa de becas mantiene matriculados a menos de cuatrocientos estudiantes universitarios. La cifra es diminuta, pero el sentido del programa no es la cifra. Es la afirmación de que el futuro de una generación no tiene por qué quedar definido por el conflicto que la rodea.

Las becas llegan a través del programa DAFI, gestionado por ACNUR junto con Windle Trust y financiado por la Fundación Mastercard. Cubren la matrícula y los gastos de manutención, y ofrecen algo menos visible y posiblemente más importante: apoyo psicológico, tutoría y una comunidad de compañeros que han atravesado las mismas pérdidas. Para los estudiantes que han sido desplazados una, dos y a veces tres veces, esa combinación es lo que los mantiene en las aulas. La beca no es un lujo. Es un salvavidas.

Sarah Tekhlu, refugiada eritrea, se vio obligada a mudarse de Jartum a Wad Madani y después a Puerto Sudán, y cada mudanza supuso otro recorte en su educación. Había llegado a la conclusión de que la educación universitaria estaba fuera de su alcance. La beca lo cambió. Ahora cursa una titulación en gestión de la información en el Comboni College mientras trabaja como maestra de jardín de infancia, y su ambición es abrir su propia escuela. Azhari Ibrahim huyó de Darfur del Norte a Puerto Sudán a mitad de sus estudios de ingeniería civil en la Universidad de Kordofán. Quiere usar el título para ayudar a reconstruir las comunidades destruidas por la guerra.

Sus historias son el rostro humano de una estadística demasiado grande para imaginarla: catorce millones de desplazados, treinta millones de personas que necesitan asistencia humanitaria, una guerra que ha matado a decenas de miles y ha empujado a gran parte del país a la hambruna. Frente a eso, una beca para unos pocos cientos de estudiantes parece poca cosa, y en cierto sentido lo es. Pero los estudiantes describen la diferencia que marca en términos que nada tienen que ver con la matrícula. Una de ellas dijo que el apoyo le hizo volver a creer en sí misma y a soñar. Otro dijo que el programa no solo le dio dinero, sino comunidad y apoyo psicológico, alguien cercano. El programa no financia solo títulos, sino la convicción de que todavía vale la pena prepararse para el futuro.

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El programa también crea capacidad para reconstruir. Los estudiantes que consiguen llegar hasta el final se convierten en defensores de la causa y ayudan a otros jóvenes desplazados a orientarse en los procesos de admisión universitaria y en las solicitudes de becas. En mayo, un taller en Puerto Sudán reunió a veinticinco estudiantes para trabajar en la ampliación del acceso a la educación superior. Cada graduado se convierte en un ejemplo para los demás y, más concretamente, en un ingeniero, un maestro o un gestor formado que hará falta el día en que termine la guerra y Sudán empiece a reconstruirse. Las becas no son una vía de escape del país. Son una inversión en las personas que tendrán que volver a ponerlo en pie.

Hay una verdad dura bajo las historias esperanzadoras, y los propios estudiantes la enuncian: sin paz no se puede construir nada más. Las becas no terminan la guerra, no alimentan a los hambrientos, no detienen las bombas. Lo que hacen es mantener encendida una pequeña llama, un recordatorio de que la generación que el conflicto está dispersando sigue siendo capaz de aprender, sigue siendo capaz de soñar y sigue teniendo intención de estar presente cuando comience la reconstrucción. En una guerra que ha dedicado tres años a intentar destruir el futuro de Sudán, quizá ese sea el acto más desafiante que queda. Catorce millones de personas han perdido sus hogares. Unos pocos cientos de estudiantes se han negado a perder su futuro, y son la prueba de que el resto puede reconstruirse.

Traducido por Alessandra

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