
La tarjeta roja
Folarin Balogun, el delantero estrella de la selección nacional de Estados Unidos, pisó el pie del bosnio Tarik Muharemovic durante un partido de treintaidosavos de final el 1 de julio. El árbitro mostró una tarjeta roja. Según el código disciplinario de la FIFA, una tarjeta roja en la Copa del Mundo conlleva una suspensión automática de un partido.
Balogun es el máximo goleador estadounidense del torneo con tres goles. Su ausencia en el partido de octavos de final contra Bélgica habría sido un golpe severo para las posibilidades del país anfitrión de llegar a los cuartos de final por primera vez desde 2002.
La regla era clara. La suspensión era automática. Eso debería haber sido el final del asunto.
La llamada telefónica
No fue el final del asunto. El presidente Trump llamó directamente al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y presionó para que se anulara la suspensión. Los detalles de la conversación no se han hecho públicos, pero el resultado es conocido: la FIFA anunció el domingo que la suspensión de un partido de Balogun quedaba suspendida por un “período de prueba de un año”.
La decisión significa que Balogun jugará contra Bélgica el lunes.
Trump luego recurrió a las redes sociales para agradecer a la FIFA por “hacer lo correcto y revertir una gran injusticia”.
Pero, ¿qué era exactamente la injusticia? Un jugador cometió una falta que mereció una tarjeta roja. Las reglas dicen que una tarjeta roja implica una suspensión. Eso no es una injusticia. Es la aplicación de una regla.
Cómo sucedió
El comunicado de la FIFA indicó que la suspensión quedaba condicionada a que Balogun “no cometa otra infracción de naturaleza y gravedad similares durante el período de prueba”. Si lo hace, la suspensión original se aplicará además de cualquier nueva sanción.
El momento es importante. Estados Unidos coorganiza esta Copa del Mundo junto con Canadá y México. El torneo es un evento comercial y político masivo. Tener al mejor jugador del país anfitrión fuera de un partido eliminatorio, en su propio país, en un estadio en Seattle, era malo para los negocios. La decisión de la FIFA coincidió convenientemente con los intereses del gobierno del país anfitrión.
La AP informó que la intervención directa de Trump precedió a la resolución. The Guardian confirmó que “presionó a la Fifa para levantar la suspensión”. Esto no fue una revisión independiente del panel disciplinario de la FIFA. Fue una llamada telefónica de un jefe de Estado a un administrador deportivo, seguida de un cambio de reglas.
Política sobre el deporte, siempre
El incidente es una historia pequeña en la escala de los acontecimientos mundiales. Que un futbolista pueda jugar un partido no es una cuestión de vida o muerte. Pero es una ilustración útil de cómo funciona el poder.
Las federaciones deportivas internacionales como la FIFA deben aplicar las reglas por igual. Una tarjeta roja en la fase de grupos significa lo mismo para un jugador de Bélgica que para un jugador de Estados Unidos. Pero cuando el presidente estadounidense llama, las reglas se doblan. Si Bielorrusia, Irán o Rusia hicieran la misma llamada, la reacción de los mismos organismos rectores sería muy diferente.
No es la primera vez que la política anula las reglas deportivas. La Regla 50 del COI, que prohíbe las manifestaciones políticas en los Juegos Olímpicos, se ha aplicado de forma selectiva según la nacionalidad y el mensaje del atleta. Las federaciones nacionales presionan habitualmente para obtener un trato favorable para sus estrellas. Lo que hace diferente este caso es la intervención directa de un jefe de Estado en una decisión disciplinaria que debería haber sido manejada por árbitros y jueces, no por presidentes.
El patrón más amplio
La llamada telefónica de Trump a Infantino encaja en un patrón más amplio de tratar a las instituciones internacionales como extensiones del poder político estadounidense. Ya sea amenazando a los aliados de la OTAN por el gasto en defensa, exigiendo concesiones comerciales a la UE, o llamando a la FIFA para que anule una tarjeta roja, el enfoque es el mismo: las reglas se aplican a todos los demás.
Para el equipo estadounidense, la decisión es una buena noticia. Balogun es un jugador talentoso, y su presencia hace que el partido contra Bélgica sea más competitivo. Los aficionados estadounidenses llenarán el estadio de Seattle y animarán por una victoria.
Pero el principio está podrido. La regla existía por una razón. Fue anulada por conveniencia política. Y todos en el deporte, desde los jugadores que han cumplido sus suspensiones en silencio hasta las federaciones que no pueden tomar el teléfono y llamar al presidente de la FIFA, saben que las reglas no eran las mismas para todos.
Traducido por Alessandra

