
Existe un viejo proverbio sobre dos elefantes que pelean y la hierba que queda debajo. En la disputa climática, África es la hierba, y los elefantes son Estados Unidos y China. La diferencia ahora es que los elefantes han dejado de pelear por el mismo premio, y la hierba está descubriendo qué significa eso.
Durante una década, los dos gigantes compitieron por influencia en África, y la energía limpia fue uno de los terrenos que eligieron. Estados Unidos lanzó Power Africa bajo Barack Obama en 2013 con 1.000 millones de dólares. Atrajo otros 29.000 millones de dólares de financiadores externos, financió 150 proyectos, entregó 15,5 gigavatios de electricidad y llegó a 219 millones de personas. China invirtió 33.000 millones de dólares en proyectos en 30 países africanos entre 2020 y 2024, entregando 32 gigavatios de energía mayoritariamente renovable en 84 proyectos. El Instituto de Estudios de Seguridad lo describió como una carrera entre elefantes que podría ayudar a que la hierba crezca, por una vez.
Esa carrera ha terminado. La segunda administración de Trump retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París de nuevo en 2026, desmanteló USAID y puso fin a Power Africa. En marzo de 2025 se retiró de la alianza Just Energy Transition de Sudáfrica, renunciando a un compromiso de 1.500 millones de dólares. Los demás socios se quedaron; Estados Unidos se fue.
Lo que queda es una contienda de otro tipo. Washington impulsa ahora un orden de combustibles fósiles construido sobre el petróleo, el gas y la promesa de exportaciones estadounidenses. Pekín vende lo contrario: paneles solares, baterías, vehículos eléctricos y el modelo industrial que los abarata. Los analistas del RSIS de Singapur describen la rivalidad como una división estructural entre un orden fósil centrado en Estados Unidos y un orden renovable centrado en China. El campo de batalla para ambos es el Sur Global, y África es su franja más extensa.
El dilema político para los gobiernos africanos es cómo mantener contentos a ambos bandos, o al menos no enemistarse con ninguno. La Unión Africana tiene que trazar un rumbo entre una superpotencia que financia a sus socios militares y compra su petróleo, y una superpotencia que construye sus carreteras y sus parques solares. El dilema económico es más crudo: África necesita energía, y unos 600 millones de africanos siguen viviendo sin electricidad. La Agenda 2063 de la UA vincula el desarrollo con el acceso a la energía, y la transición exige dinero externo: los estudios sitúan las necesidades de financiación climática de África en unos 250.000 millones de dólares al año.
Los historiales climáticos de los dos países difieren notablemente. Estados Unidos firmó el Protocolo de Kioto en 1998 y el Senado votó 95 a 0 en contra de ratificarlo; George W. Bush se retiró en 2001; Obama contribuyó a construir el Acuerdo de París y Trump lo abandonó en 2017; Biden se reincorporó en 2021 y Trump volvió a salirse en 2026. China, en cambio, ratificó Kioto en 2002, convirtió a París en el centro de su política energética en 2015, se comprometió a lograr la neutralidad de carbono para 2060 y, en 2025, prometió reducir todos los gases de efecto invernadero entre un 7 y un 10 por ciento para 2035. Sea cual sea la opinión sobre la sinceridad de esos compromisos, tienen una virtud para un continente que planifica su futuro: no se han revertido cada cuatro años.
La consecuencia es visible en las cifras. Mientras los dos gigantes competían por liderar la energía limpia, la cartera de proyectos renovables de África creció. Desde que Washington se volvió contra la política climática, el desarrollo de combustibles fósiles en todo el continente se ha acelerado, y el giro hacia la energía baja en carbono se ha estancado. El historial de China tampoco es inocente: sigue quemando más carbón que ningún otro país del planeta, y su estrategia es de suma, no de resta, con renovables apiladas sobre la capacidad fósil. Pekín le vende a África los paneles solares mientras su propia red funciona con carbón.
La verdad incómoda para las capitales africanas es que la elección no es entre dos futuros limpios. Es entre un patrocinador que ha abandonado la causa climática y un proveedor que domina la tecnología necesaria para perseguirla. La Agencia Internacional de Energías Renovables afirma que África puede saltarse por completo la etapa fósil, igual que los teléfonos móviles se saltaron la telefonía fija. Dar ese salto requiere capital, y ese capital está ahora concentrado en uno de los dos elefantes.
Que Estados Unidos vuelva a una postura climática positiva bajo una futura administración es más difícil de predecir que nunca, porque el patrón de entrada y salida se ha convertido en un hábito. África no pidió ser el campo de batalla. Pide, a través de sus propias instituciones, una vía que no exija elegir entre los dos gigantes. El proverbio ofrece una advertencia: cuando los elefantes pelean, la hierba sufre, y cuando uno deja de pelear, la hierba puede sufrir igualmente.
Traducido por Alessandra
Fuentes: Institute for Security Studies (vía AllAfrica), RSIS, AfriPolI, IRENA

