El shock chino alcanzó a la política alemana

Una nueva encuesta de opinión pública europea arroja un resultado que habría sido impensable hace una década: los alemanes son ahora el público más escéptico de Europa frente a China. En un sondeo del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) en 15 países, un 49 por ciento de los alemanes describió a China principalmente como un rival, incluso un adversario, la proporción más alta de todos los países. Francia, el siguiente público más escéptico, se ubicó en 43 por ciento. Solo un 38 por ciento de los alemanes ve a Pekín con buenos ojos, como socio o aliado. Españoles y búlgaros, con 65 y 62 por ciento, aún mantienen esa visión amistosa.

El país cuya prosperidad de posguerra se construyó en simbiosis con el mercado chino ahora ve a Pekín como solía ver a Moscú. El cambio no provino de los círculos de la política exterior. Vino de la economía, y vino desde la base.

Los autores del informe pusieron el dato económico sobre la mesa. La industria manufacturera alemana perdió unos 420.000 empleos entre 2019 y 2025, y el sector sigue perdiendo unos 10.000 al mes. La industria automotriz ha pagado el precio más alto, desplazada de un mercado donde los fabricantes chinos dominan cada vez más, tanto en su país como en el extranjero. Lo que antes era un complemento, la ingeniería alemana unida a la escala china, se ha convertido en una rivalidad: ahora China fabrica los autos, y la versión alemana de la globalización no tiene respuesta para eso. Los economistas lo llaman el shock chino, y ese shock es lo que ha cambiado la opinión de los votantes.

La política va poniéndose al día con lentitud. Berlín fue durante años el freno de la política europea hacia China. Cuando París, Roma, Vilna, La Haya y Madrid presionaron a la Comisión Europea para que endureciera la defensa comercial frente a Pekín, Alemania se negó a sumarse y en ocasiones pidió, en cambio, vínculos industriales más fuertes. Eso cambió en la reunión del Consejo Europeo de junio de 2026. Los líderes de la UE acordaron una caja de herramientas de defensa comercial más dura, que incluye las cláusulas “Comprar europeo” de la Ley de Aceleración Industrial y restricciones a la tecnología china de alto riesgo. Según la lectura del ECFR, Alemania dejó de obstaculizar una acción europea más firme y ahora apoya con cautela la nueva dirección. El cambio importa más allá de Berlín: la capacidad del bloque para utilizar sus herramientas de defensa comercial siempre ha dependido del consentimiento alemán, y con el freno liberado, Bruselas tiene margen para actuar contra los subsidios y la sobrecapacidad de China.

If you value careful, fact-driven reporting, consider supporting 1ban.news.

Keep quality journalism alive

El detalle que más importa está dentro de los números. El 60 por ciento de los simpatizantes de los dos partidos de gobierno, los demócratas cristianos y los socialdemócratas, considera a China un adversario o un rival. Cualquiera que sea la coalición que gobierne Alemania después de las próximas elecciones heredará un electorado que ya tomó su decisión. La vieja excusa de que los votantes no aceptarían una línea dura con China está muerta. El gobierno que dude de ahora en adelante estará dudando en contra de su propio electorado.

La encuesta es un hecho político antes que económico. La línea dura alemana no es producto de un gran debate estratégico; es el ánimo de un país que ve encogerse su base industrial y busca la causa. Pekín es una respuesta conveniente y, en parte, acertada. El peligro es que ese ánimo se convierta en política sin estrategia. Desacoplarse de China sin un programa industrial es simplemente desindustrialización con etiqueta de política exterior. Los autores del ECFR sostienen que Berlín debería combinar la reducción de riesgos económicos con su impulso a la electrificación, construyendo industrias europeas de energía eólica, baterías y tecnología limpia como la mitad interna de la política hacia China. Esa es la única versión de la línea dura que no termina en una economía alemana más pequeña. Si el gobierno es capaz de lograrlo, después de años de deriva, es la pregunta real que la encuesta no puede responder.

La simbiosis terminó, y la encuesta es su obituario. Los alemanes ya decidieron qué es China. Ahora tienen que decidir qué es Alemania sin ella, y esa decisión es más difícil, y los números menos cómodos, que cualquier pregunta de la encuesta.

Traducido por Alessandra

Scroll to Top