
El memorando fue contundente. El miércoles, el número dos del Pentágono, Steve Feinberg, dio a los líderes de la industria de defensa estadounidense 21 días para presentar planes de producción destinados a impulsar calendarios de entrega significativamente más rápidos y agresivos y/o un aumento de la producción de capacidades críticas. Luego llegó la frase que importa: los ciclos de desarrollo de años no son aceptables, y la industria debe acelerar drásticamente sus programas y ampliar su capacidad de producción ya.
La urgencia tiene números detrás. Un nuevo análisis del centro de estudios CSIS hizo seguimiento del costo de la guerra para los interceptores de misiles: los interceptores Patriot estaban en 2.330 antes del conflicto, cayeron a 1.030 en el alto el fuego de abril y ahora se sitúan en aproximadamente 759 a 827 tras los combates recientes, un descenso de al menos el 65 por ciento. Los interceptores THAAD cayeron de 452 antes de la guerra a 232 a 262 al comienzo del alto el fuego, y la reposición parcial solo los ha elevado de nuevo hacia 234 a 278, lo que los deja al menos un 38 por ciento por debajo del nivel previo a la guerra. Estas son las armas que atrapan lo que dispara el otro bando, y el recuento es el verdadero balance de la guerra.
El presidente cuestiona esa imagen. El jueves, Trump acudió a Truth Social para insistir en que Estados Unidos tiene cantidades masivas de municiones y en que se están fabricando y enviando grandes cantidades a Estados Unidos según sea necesario. El portavoz del Pentágono, Sean Parnell, confirmó el sábado que el memorando de Feinberg es real, dijo que servirá de insumo para el presupuesto del año fiscal 2028 que se presentará al Congreso, e insistió en que el impulso forma parte de un esfuerzo más amplio para restaurar la base industrial de defensa que es anterior al conflicto, que lleva cinco meses.
Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. El presidente puede estar diciendo la verdad sobre lo que se fabrica, y los inventarios pueden seguir vacíos donde importa. El propio memorando es la admisión: no se dan 21 días a la industria para planear un aumento de emergencia porque todo va bien. Veintiún días es un plazo para el papeleo. La producción que exige el memorando lleva años, porque los interceptores Patriot los construye una base industrial especializada de materiales escasos, electrónica de precisión y mano de obra cualificada que no se puede convocar por decreto. La distancia entre la urgencia del memorando y la capacidad del sistema es el verdadero calendario de esta guerra.
Luego está el Congreso, donde vive el dinero. Un proyecto de ley de gasto en defensa está estancado, los legisladores están furiosos por la acción militar contra Irán y rechazan la petición de 1.500 mil millones de dólares de la Casa Blanca, frente a unos 900 mil millones el año pasado. La reconstrucción que contempla el memorando requiere una financiación que la legislatura no proporcionará mientras la guerra que vació las reservas siga siendo impopular. Dos tercios de los estadounidenses dicen que la guerra no ha valido la pena, según una encuesta de AP-NORC. La política de la reposición es la política de la propia guerra.
Los interceptores agotados cambian cómo se libraría la próxima fase, si es que la hay. Los inventarios reducidos obligan a los comandantes a conservar: lanzar menos interceptores contra los drones y misiles entrantes y aceptar la mayor probabilidad de que algo pase. Ese es un cálculo militar, pero también estratégico, porque cada bando en esta guerra lee ahora el recuento de proyectiles del otro. Irán dice abiertamente que las capacidades de Estados Unidos están en declive. El propio memorando del Pentágono, en su propio lenguaje, dice lo mismo en privado.
La guerra se ha librado con reservas construidas para otro conflicto, y la factura vence ahora. La próxima fase de los combates, si llega, se librará con lo que diga el recuento, no con lo que prometa el memorando. Mientras tanto, los Patriot permanecen en sus lanzadores, siendo contados, y se pide a la industria que haga en 21 días lo que ha pasado décadas sin hacer.
Traducido por Alessandra

