
Imágenes satelitales de caca de pingüino revelan el impacto del cambio climático en la especie
Durante tres décadas, la NASA y el Servicio Geológico de EE. UU. operaron el programa satelital Landsat, capturando imágenes de cada rincón de la Tierra en luz visible e infrarroja. Los científicos encontraron ahora un uso inesperado para ese archivo: espiar a los pingüinos analizando el color de sus excrementos.
Un equipo liderado por la Universidad Clemson utilizó 30 años de imágenes Landsat para reconstruir la dieta de los pingüinos Adelia en toda la Antártida, revelando cómo el cambio climático y la reducción del hielo marino están alterando fundamentalmente lo que comen estas aves emblemáticas, con consecuencias potencialmente graves para su supervivencia a largo plazo. El estudio fue publicado en Current Biology.
Lo que revela la caca de pingüino
Los pingüinos Adelia se reproducen en colonias a lo largo de toda la costa antártica, pero su hábitat remoto y hostil hace que el monitoreo poblacional a gran escala sea extremadamente difícil. Los investigadores descubrieron que las imágenes satelitales podían ofrecer una solución, porque el guano de pingüino deja una firma espectral distintiva detectable desde la órbita.
«Los pingüinos Adelia son una especie emblemática que se reproduce en todo el continente antártico», dijo Michael J. Polito, profesor de ciencias oceánicas de la UC Santa Cruz y coautor del estudio. «Actúan como un ‘canario en la mina de carbón’, y nuestro estudio ilustra cómo el calentamiento reciente ha alterado la red trófica marina antártica de la que dependen».
El equipo recolectó muestras de guano de colonias en toda la Antártida, midió sus propiedades espectrales en el laboratorio y combinó estos datos con análisis de isótopos estables para determinar si cada muestra provenía de una dieta dominada por peces o por krill. Luego construyeron un modelo que podía predecir la composición de la dieta solo a partir del color del guano, y lo aplicaron a cada imagen Landsat que cubría colonias de pingüinos entre 1984 y 2013.
La verdadera innovación provino del Dr. Casey Youngflesh, profesor asistente de la Universidad Clemson.
«La innovación no fue la tecnología satelital en sí misma, sino la capacidad de aprovechar estas décadas de imágenes satelitales con herramientas geoquímicas, estadísticas y computacionales modernas», dijo Youngflesh. «Nadie pretendía que estos satélites se usaran para monitorear pingüinos, pero ahora podemos utilizarlos de estas maneras novedosas».
Una dieta cambiante
Los resultados muestran un patrón claro: los pingüinos Adelia en áreas con más hielo marino tienden a comer peces, mientras que aquellos en zonas donde el hielo marino ha disminuido dependen más del krill. Esto importa porque el krill es menos nutritivo que el pescado, y las poblaciones de krill también están bajo presión por el aumento de la temperatura oceánica y la mayor competencia de las poblaciones recuperadas de focas y ballenas.
Desde que finalizó el período de estudio en 2013, el hielo marino antártico alcanzó mínimos históricos, lo que sugiere que la tendencia probablemente se aceleró. Un cambio continuo hacia dietas dominadas por krill podría amenazar la salud y el éxito reproductivo de las colonias de pingüinos Adelia en todo el continente.
El estudio marca la primera vez que observaciones espaciales capturaron la dinámica de la red trófica y poblacional a escala continental para cualquier especie. El enfoque podría extenderse a otras colonias de aves marinas y mamíferos marinos en regiones remotas, abriendo una nueva frontera en la biología de la conservación.
Un canario en la mina de carbón
Los pingüinos Adelia son considerados una especie centinela del ecosistema antártico. Su número, dieta y éxito reproductivo reflejan la salud de toda la red trófica del Océano Austral. Al demostrar que los satélites pueden rastrear estos indicadores desde la órbita, el estudio proporciona a los gestores de conservación una herramienta nueva y poderosa.
Investigadores de la Universidad Stony Brook, la UC Santa Cruz, la NASA y otras instituciones contribuyeron al estudio, que está disponible en Current Biology.
Traducido por Alessandra

