
Kazajistán no está en guerra con nadie. Pero sus exportaciones de petróleo han sido interrumpidas por ataques con drones que atribuye a Ucrania, dirigidos contra infraestructura dentro de Rusia. Así que el gobierno en Astaná se queda suplicando que la guerra vecina se detenga, o al menos se congele.
El sábado, el presidente Kasim-Yomart Tokáyev se sentó junto a Vladimir Putin en la ciudad siberiana de Omsk y dijo lo que los líderes kazajos rara vez dicen en voz alta. “Si me permite ofrecer mi humilde opinión”, dijo a los periodistas, “quizás sea momento de congelar este conflicto y regresar a la fórmula de Estambul 2.0”. Se refería a las abandonadas conversaciones de paz de 2022 que casi terminaron la guerra antes de que se convirtiera en una guerra de desgaste.
El momento no fue accidental. Días antes, Kazajistán anunció que había reducido su producción petrolera después de que ataques con drones forzaran el cierre de su principal terminal de exportación en el mar Negro. La terminal está en Novorosíisk, un puerto ruso que se ha convertido en blanco de la campaña de Ucrania contra la “flota fantasma” de petroleros de Moscú. Los drones ucranianos han atacado casi 200 buques de la flota fantasma en las últimas semanas.
El crudo kazajo, conocido como la marca CPC, fluye a través del Consorcio del Oleoducto del Caspio, un oleoducto de 1.500 kilómetros propiedad de grandes empresas occidentales como Chevron, ExxonMobil y Shell. Alrededor del 80 % de las exportaciones petroleras de Kazajistán pasan por esta única tubería. La UE es el segundo mayor comprador, y solo Rumania importa más del 60 % de su petróleo crudo desde Kazajistán.
El Ministerio de Relaciones Exteriores en Astaná calificó los ataques como una “intromisión inaceptable” destinada a “desestabilizar el comercio internacional legítimo”. El embajador de Ucrania en Kazajistán, Víctor Maiko, respondió diciendo que no había “pruebas” de que los drones fueran ucranianos.
Tokáyev ha caminado sobre una línea muy fina durante toda la guerra. Después de la invasión rusa de 2022, se negó a reconocer la anexión rusa del territorio ucraniano. Ahora elogió la “flexibilidad diplomática” de Putin y llamó a Rusia una “gran potencia” que podría garantizar la paz. El giro refleja una realidad simple: Kazajistán no puede darse el lujo de enemistarse con el país cuyos puertos y oleoductos transportan su riqueza al mercado.
Pero la guerra no se preocupa por el equilibrio de Kazajistán. El oleoducto ya estaba amenazado; la campaña de drones solo aceleró el daño. Si las interrupciones continúan, más petróleo kazajo tendrá que ser redirigido a través de un oleoducto de mayor costo que cruza el Caspio hasta Azerbaiyán, una ruta que no puede igualar la capacidad del CPC.
El daño a la economía de Kazajistán ya está en marcha, aunque sus líderes sean demasiado diplomáticos para llamarlo por su nombre: daño colateral.
Traducido por Alessandra

