
El funeral del fallecido líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Khamenei, comienza hoy en Teherán, cuatro meses después de que muriera en un ataque aéreo conjunto entre Estados Unidos e Israel el 28 de febrero. El régimen espera ver a millones de personas inundar las calles de la capital en escenas que recuerdan el entierro del ayatolá Ruhollah Jomeini en 1989, cuando se calcula que asistieron 10 millones de personas en duelo.
El cuerpo de Khamenei yacerá en la sala de oración Mosalla de Teherán el 4 y 5 de julio, seguido de procesiones fúnebres por la capital el 6 de julio y en la ciudad santa de Qom el 7 de julio. Parte de los actos se trasladarán a Irak el 8 de julio, incluyendo procesiones en Nayaf y Kerbala, antes de que el cuerpo regrese a Irán para ser enterrado el 9 de julio en el santuario del imán Reza en Mashhad, ciudad natal de Khamenei y segunda ciudad más grande de Irán.
La magnitud del evento es enorme. El municipio de Teherán se prepara para acoger a cerca de 20 millones de personas y casi dos millones de vehículos. Los cálculos oficiales sitúan la asistencia esperada en hasta 35 millones de personas en todo el país durante el periodo de seis días. Si esas cifras se cumplen, el funeral será una de las mayores concentraciones públicas de la historia moderna.
Delegaciones y grupos de creyentes de Irak, Afganistán, Pakistán, India y otros países de la región ya han anunciado planes para asistir. Algunos funcionarios iraquíes incluso pidieron que el cuerpo de Khamenei fuera llevado a Nayaf y Kerbala antes de ser enterrado en Irán.
El lapso de aproximadamente cuatro meses entre la muerte de Khamenei y el funeral ha suscitado críticas de los opositores al régimen. Según la tradición islámica, los difuntos deben ser enterrados idealmente en un plazo de 24 horas. La prolongada demora se debió a la guerra, que aún continúa, y a graves preocupaciones de seguridad. Las autoridades han reconocido el temor a ataques aéreos contra el propio funeral o a una estampida con víctimas masivas similar a la que mató al menos a 56 personas en el funeral de Qasem Soleimani en 2020. El régimen ha desplegado a miles de efectivos de seguridad en las tres ciudades anfitrionas y ha establecido zonas de exclusión aérea sobre las rutas de las procesiones. Se ha invitado a dignatarios extranjeros de países aliados, aunque se espera que pocos gobiernos occidentales envíen representantes.
El momento tiene un significado político. El 4 de julio marca exactamente un año desde que los inspectores del OIEA abandonaron Irán, una fecha que tiene su propio peso simbólico para el régimen. El funeral coincide con el aniversario de la suspensión de las inspecciones nucleares, creando una semana en la que la República Islámica estará al mismo tiempo de luto por su antiguo líder y enfrentando el aislamiento internacional que se ha profundizado durante la guerra.
Khamenei, que gobernó Irán durante 36 años, murió junto a varios altos comandantes militares y familiares en las primeras horas de la campaña estadounidense-israelí. Su hijo, Mojtaba Khamenei, fue seleccionado como nuevo líder supremo a principios de marzo.
El funeral representa tanto un momento de duelo nacional como una prueba de la capacidad organizativa del régimen. La teocracia iraní sigue librando una guerra, gestionando una economía en colapso y afrontando la disidencia interna. Organizar un funeral de seis días en varias ciudades para millones de personas en duelo bajo amenaza aérea es un desafío logístico y de seguridad que pocos gobiernos podrían afrontar.
Para el régimen, el tamaño de las multitudes que asistan se interpretará como una medida de legitimidad política. Para Occidente, el funeral es un recordatorio de que, aunque el liderazgo del régimen cambió en febrero, el sistema en sí no lo hizo. La República Islámica sigue funcionando. La cuestión es cuánto tiempo más podrá hacerlo mientras libra una guerra y entierra a su antiguo líder.
Traducido por Alessandra

