
Una amenaza solo funciona si la gente cree que vas a cumplirla. Las sanciones son amenazas con papeleo adjunto, y la misma regla se aplica a ellas. En el último año y medio, la administración Trump ha demostrado, una y otra vez y en público, que sus sanciones pueden levantarse con la misma rapidez con la que se imponen. Cada demostración debilita la siguiente amenaza.
El presidente nunca ha ocultado su planteamiento. Durante la campaña de 2024 dijo a Bloomberg que las sanciones estaban alejando a todo el mundo de Estados Unidos. En un discurso de septiembre de 2024 afirmó que debían usarse con criterio y lo menos posible, y se describió a sí mismo como un usuario de sanciones que las ponía y las quitaba con la mayor rapidez posible. También advirtió de que ampliar las sanciones acabaría socavando el dólar. El segundo mandato ha seguido el guion.
Empecemos por Siria. En su primer viaje al extranjero del mandato, en Riad en mayo de 2025, Trump anunció que levantaría las sanciones a Siria. Un mes después firmó una orden ejecutiva que revocaba las seis órdenes que sostenían todo el régimen sancionador, retiró a cientos de personas y entidades de la lista negra y presionó al Congreso para derogar la Ley César, una norma que él mismo había firmado en 2019. Se piense lo que se piense de la política hacia Siria, la velocidad era el mensaje: un entramado de sanciones construido a lo largo de una década se derrumbó en semanas.
Venezuela muestra el mismo patrón, con confusión añadida. Después de que las fuerzas estadounidenses capturaran a Nicolás Maduro en Caracas el 3 de enero, el Tesoro emitió más de una docena de licencias generales que permitían a las empresas estadounidenses operar en el país. Washington reconoció formalmente en marzo a la exvicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, como jefa de Estado, y en abril le levantó las sanciones. Sin embargo, el ministro del Interior, Diosdado Cabello, sigue sancionado, con una recompensa de 25 millones de dólares por su cabeza, a pesar de haberse reunido en repetidas ocasiones con funcionarios estadounidenses. La señal es difícil de leer y fácil de ridiculizar: un hombre buscado se sienta a la mesa con quienes lo buscan.
Irán es el caso más claro de la nueva lógica. Tras el colapso del memorando de entendimiento con Teherán, la administración seguía dispuesta a canjear el alivio de sanciones por un acuerdo, y emitió una licencia general para comerciar con petróleo iraní. Los críticos de la Fundación para la Defensa de las Democracias señalaron que la licencia permitiría a Irán financiar su rearme sin ningún control por parte de Estados Unidos. La licencia se retiró más tarde, pero la oferta ya se había hecho. La Fundación también señaló que la licencia parecía vulnerar la ley que exige que el Congreso tenga voz en los acuerdos con Teherán, un precedente que afecta directamente a las sanciones contra Rusia en virtud de la Ley de Contrarrestar a los Adversarios de Estados Unidos mediante Sanciones de 2017.
Rusia es donde el historial resulta de verdad dispar. En octubre de 2025, el Tesoro incluyó en la lista negra a Rosneft y Lukoil, las dos empresas que producen casi la mitad de las exportaciones de crudo de Rusia, en el endurecimiento más significativo de las sanciones contra el Kremlin desde 2023. Gran Bretaña había actuado contra las mismas empresas una semana antes. Fue un golpe real. Pero la continuidad ha sido irregular. Las sanciones secundarias contra Arctic LNG 2 funcionaron al principio: durante meses, ningún comprador tocó la carga del proyecto. Entonces la terminal china de Beihai compró, y Washington no impuso nada. Para junio de este año, según informó Reuters, Pekín planeaba ampliar sus terminales para recibir GNL ruso sancionado. La lección que extrajo China es la que todo el mundo extrae de un aplicador incoherente de sanciones: espera, y la presión pasará.
El daño no afecta solo a los programas concretos. Cada ciclo de encendido y apagado enseña a dos públicos a la vez. Los adversarios aprenden a aguantar la presión. Los aliados y los países neutrales aprenden a cubrirse, a mantener abiertas sus opciones, porque la lista negra de hoy puede ser la lista blanca de mañana. La aplicación de las sanciones se convierte en una moneda de cambio, no en una regla. Hasta los tribunales empujan en la misma dirección: la administración renunció a recurrir un fallo que vació de contenido la aplicación de las sanciones contra Tornado Cash, el servicio de mezcla de criptomonedas que existe para blanquear dinero, y dejó un agujero por el que ahora pasan los blanqueadores de dinero.
Las sanciones siempre fueron el arma favorita de Washington porque no cuestan vidas estadounidenses. Eso sigue siendo cierto. Pero un arma solo vale lo que la gente teme que pueda hacer. La administración ha pasado los últimos dieciocho meses enseñando al mundo que las sanciones estadounidenses se doblegan al viento, y el mundo ha estado prestando atención. La próxima vez que Washington amenace a un país con sanciones, ese país recordará Siria, Venezuela, Irán y Arctic LNG 2, y calculará que el dolor probablemente pasará. La amenaza seguirá imprimiéndose, firmándose y anunciándose. Solo que ya no se creerá como antes.
Traducido por Alessandra

